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  • 03/30/17--06:30: Ningún muerto a laburar
  • (Soda, en 2007. Foto: Nora Lezano)

    Celebremos: el “nuevo” disco de Soda Stereo está a la altura de la banda. Es una selección de canciones muy conocidas que se disfruta independientemente de su inevitable ligazón con el espectáculo del Cirque du Soleil que la originó.

    Lo primero que sobresale después de una escucha general es que hay algo raro. Una extraña sensación  un presentimiento que no queda mal. Hay detalles que no estaban en las versiones que conocemos de toda la vida. Es que Charly Alberti y Zeta Bosio exploraron de manera profunda las grabaciones originales de la banda. El resultado, consensuado con la gente del Cirque, es un trabajo muy cuidado, que suena bárbaro y hace extrañar aún más a Gustavo Cerati, que, obvio, se destaca por sobre el resto a pesar de que ya lleva casi siete años de inactividad.

    El disco es como la lista de un concierto un poco experimental que nunca fue. En una hora y veinte minutos se muestran todas las facetas de la banda y la evolución que Sodalos tres músicos tuvieron desde aquel lejano álbum debut plagado de new wave hasta los shows finales de la gira de regreso de 2007. Hay versiones en vivo, mashups, tomas descartadas y nuevas mezclas que logran un redescubrimiento allí donde no parecía haber otra cosa que el rock argentino más escuchado de los últimos treinta años. “Picnic en el 4°B” suena mejor, menos ochentosa. Por fin, “Te hacen falta vitaminas” y “Mi novia tiene bíceps” son una sola canción. La fusión de “Un misil en mi placard” y “Ella usó mi cabeza como un revólver” es muy efectiva. El momento “climático” con “Planeador” y “En remolinos” es tan obvio que resulta un placer. Hay momentos destacados, como “Un millón de años luz”, “Planta”, “Primavera 0” y “Cuando pase el temblor”, pero la perla es la toma semi alternativa de “De música ligera”, que muestra a un Cerati de voz tan potente como las guitarras que tocó en esa misma canción.

                 

    Cuando todo indicaba que el “no descansaré” con el que Cirque du Soleil promociona el espectáculo era un pie muy obvio para caer en el “muerto a laburar” del que habla Divididos, Sép7imo día se sostiene por sí mismo. Gracias totales.

    Este breve texto sobre Soda forma parte de un artículo más largo que se puede leer acá.

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  • 05/17/17--10:38: El magnetismo
  • En la introducción a su último libro, Simon Reynolds se refiere al glam con claridad y precisión suficientes como para que el lector se pregunte de qué diablos va a hablar en las 680 páginas restantes. Para los no iniciados, ese texto es más que suficiente: el periodista inglés brinda el panorama general de un movimiento que en unos años “resumió el espíritu de una época” y “se extinguió poco antes de la explosión del punk”. Lo mejor viene después. Como un golpe de rayo: el glam y su legado, de los setenta al siglo XXI (Caja Negra Editora) es un análisis exhaustivo, definitivo, abrumador e imprescindible sobre el género. Contiene doce capítulos que abarcan inicio, furor y decadencia del glam y una sección de textos cortos que reflejan los “ecos” producidos desde 1975 hasta 2016.

    Como la mayoría de los periodistas, Reynolds tiene problemas a la hora de sentarse a escribir. “Sería un error decir que soy disciplinado, porque la verdad es que paso mucho tiempo posponiendo el momento de la escritura”, decía en 2013. En la misma entrevista, contaba que la cantidad de horas que había “perdido en internet” era “terrible”. “Podría haber escrito mucho más si tuviera la habilidad de enfocarme mejor”, agregaba.

    Por suerte, a Reynolds a veces le agarran ataques de responsabilidad. En Como un golpe de rayo escribe muchísimo. Lo que haga falta. Por ejemplo, dedica dos páginas y media para explicar por qué Lou Reed tituló Berlin al disco de 1973. En el capítulo 6, dice: “Acaso el mejor modo de ocuparse de Roxy Music sea escribir acerca de ellos dos veces, hablar de los mismos individuos e incluso de las mismas canciones desde dos ángulos distintos”. ¡Y lo hace!

    Para Reynolds, Roxy Music es uno de los dos elementos que conforman el “alto glam”, lo más refinado del género. El otro es David Bowie, que además funciona como columna vertebral a través del relato de la mayoría de sus trabajos e influencias. “En este libro, la palabra glam es una denominación elástica que se atribuye a todos los candidatos obvios, pero también a algunas figuras del pop y el rock teatral que no necesariamente aparecen entre los sospechosos de siempre”, dice el periodista. Entonces, Como un golpe de rayo presenta análisis y biografías de personajes como Marc Bolan, Alice Cooper, Iggy Pop, Gary Glitter, New York Dolls, Queen, The Sweet, Slade, Wayne County, Mud, Mott the Hopple, Suzi Quatro y Cockney Rebel, entre muchísimos otros.

    Reynolds también deja claro que el glam se trató de una farsa pragmática de tipos que ya no sabían qué hacer para trascender. “El glam llamaba la atención sobre su propia falsedad”, dice, y afirma que el libro trata sobre “el poder de la ficción”: manipuladores, estrategas del entretenimiento que cambiaron la cara del rock y la de ellos mismos.

    Oscar Wilde es mencionado en el libro como el “primer filósofo del glam”. Reynolds cita a Lord Henry, de El retrato de Dorian Gray, quien aseguraba que “ser natural no es más que una pose, y la más irritante que conozco”. Para Wilde, el arte debía ser “un velo más que un espejo”. Estaba en contra del realismo, una postura muy apropiada para el comienzo de los setenta, ideal para diferenciarse de los mandatos de los últimos años de la década anterior, que exigían coherencia, buscaban la verdad interior y promulgaban valores anti espectáculo. Los creadores del glam se dieron cuenta de que tenían que pararse en la vereda opuesta. Empezaron a actuar, a personificar héroes rockeros capaces de dominar el mundo a través de sus canciones. Se convirtieron en ilusionistas que disfrazaban su propuesta hasta lograr un espectáculo mágico y magnético.

    Actuaban hasta en las entrevistas. Bolan y Bowie mintieron en varias oportunidades frente a los periodistas con tal de alimentar el mito. Eran personajes que derrochaban carisma, seducían todo el tiempo, incluso cuando todavía no habían encontrado el rumbo definitivo. Según uno de los testimonios del libro, Bowie “tenía el look de un ídolo mucho antes de haber alcanzado el sonido”.

    Probablemente la farsa más hilarante fue una que no tuvo que ver con el glam: en 1964, un Bowie de 17 años se presentó en los estudios de la BBC como representante de la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Hombres de Cabello Largo. Defendió tener el pelo libre y se mostró en contra de la libertad con fijador. Era una mentira absoluta para lograr trascendencia mediática.

                  

    Pero sin dudas, el invento más redituable, el que cambió para siempre la vida del músico, fue la declaración que se publicó el 22 de enero de 1972 en Melody Maker. “Soy gay y siempre lo he sido”, dijo. Las fotos de la entrevista lo mostraban con un maquillaje refinado y un “corte de pelo que anunciaba un cambio de época”. El impacto fue total. La frase “hizo estallar de inmediato la carrera de Bowie”, que, inspirado en La ciudad de la noche, de John Rechy, y en la “vanguardia de la sensibilidad” de la cultura gay, se reinventó y estableció los parámetros de la nueva década.

    Reynolds se encarga de aclarar en más de una oportunidad que todos los ingredientes del glam (el maquillaje, el vestuario, los accesorios, lo teatral) fueron utilizados de manera práctica o paródica, no reivindicatoria. Bowie no levantaba las banderas de la comunidad homosexual. No era un activista. El uso de ropas femeninas o maquillaje tampoco iba más allá de una simple herramienta.

    “El hecho de que los artistas varones del pop hubieran decidido anexionar la provincia femenina de la moda y el embellecimiento no suponía necesariamente una señal de respeto por la mujer. Era tan solo una extensión de su vanidad, la conquista de un nuevo territorio para el ego masculino”, escribe Reynolds. Y agrega: “El glam, en tanto movimiento, se trataba sobre todo de hombres feminizados, pero no era feminista”. Era “el glamour como una espeluznante insistencia del yo”.

    David Lebón lo explicó a la criolla en una entrevista de 2008 en La Voz del Interior: “En la Argentina de los ‘70 no había ropa para rockeros. Entonces, había que vestirse como mina. No te digo de polleras, pero sí remeritas y camisolas. Pasabas por negocios de varones y sólo había camperas, sacos y corbatas. Y pasabas por los de las minas y veías camisas divinas, con flores… Me compraba eso. El contexto no daba para travestirse, pero alguien tenía que hacerlo”.

    “Hoy los hombres son más bonitos que las mujeres. Bowie me hace sentir realmente fea”, reconocía Suzi Quatro en 1973, la única exponente femenina del glam que logró ponerse a la altura de los hombres. El resto de las mujeres protagonistas del género (como June Bolan o Angie Bowie) trabajaron desde las sombras. Influyeron en la estética pero nunca estuvieron arriba de un escenario o en el estudio de grabación.

    Musicalmente, el glam supuso “un retorno a las estructuras más sencillas del rock and roll de los cincuenta y de los grupos beat anteriores a la psicodelia, pero reinterpretadas a la luz de las técnicas de registro de sonido de fines de los sesenta y principio de los setenta”.

    En el prólogo de Después del rock, el compilado de ensayos de Reynolds publicado en 2010, Pablo Schanton dijo que “el gran logro deconstructivo” del periodista inglés es haber eludido los clichés analíticos del rock “para focalizarse en la materialidad sonora y, a partir de ahí, sacar conclusiones más generales”. Aquí es donde Reynolds deslumbra en el libro: al hablar de música con pasión desbordante y el conocimiento en primera fila. Es inevitable salir corriendo a Spotify cuando dice cosas como que “2HB”, de Roxy Music, es una balada “que se diluye en una secuencia de saxo evanescente creada por la superposición de pistas grabadas fuera de sincro, lo que le da un efecto a mitad de camino entre la desorientación y la epifanía, como el que produciría el amanecer en un planeta que tuviera tres soles”.

                   

    Como todos los libros del inglés (los otros publicados en nuestro país son Retromanía y Romper todo y empezar de nuevo), la lectura se combina con la musicalización. Reynolds analiza todo. Desde T. Rex, que volvió “andrógino al rock”, le quitó virilidad, lo hizo delicado y ágil pero no le quitó intensidad; hasta el polémico Metal Machine Music de Lou Reed. Menciona la influencia de Anthony Newley en Bowie, señala a los Rolling Stones como precursores del glam y descarta a The Velvet Underground como un antecedente ineludible. Habla del shock rock de Alice Cooper sin dejar afuera a The Crazy World of Arthur Brown.

                       

    “Cooper tiene tantos derechos como Bolan o Bowie a ser considerado uno de los grandes innovadores del glam. Al mismo tiempo que estos pioneros británicos -un poco antes, de hecho-, exploró el travestismo, hizo de la provocación un señuelo para atraer al público y los medios, adoptó la decadencia como concepto, como atmósfera, como un ‘ideal’, incluso, y hasta se permitió hablar abiertamente del uso que hacía de la mentira con propósitos de auto reinvención y autopromoción”, escribe Reynolds, a través de la muy buena traducción de Hugo Salas.

    Los trabajos de Reynolds conforman una crítica de rock que se escapa de lo convencional. En todos sus textos aparecen referencias a la filosofía, la psicología, la literatura y otras ramas del pensamiento. Para Reynolds, El nacimiento de la tragedia, de Nietzsche, es “el primer gran aporte a la crítica de rock”. Además, se considera hijo de la prensa musical británica de la década del setenta. Periodistas megalómanos que escribían muchísimo y experimentaban con las formas. Críticos que, como dijo el propio Reynolds en Después del rock, “tenían la prosa arrogante de tipos que pensaban que sólo ellos tenían visión y que sólo ellos tenían las pelotas para percibir y dictar el camino correcto que la música debía seguir”.

    “Quizás el ejemplo más importante del escritor de rock como profeta, a quien no leí sino hasta mucho después -luego de haber terminado mi proceso de formación- es Lester Bangs, que básicamente cambió el curso de la historia del rock, formulando la estética y el ethos del punk rock años antes de que el punk existiera. Los escritores a los que me aferré como lector adolescente del New Musical Express eran los equivalentes británicos de Bangs, en tanto eran partisanos, enarbolaban ciertos sonidos y promovían ciertas ideas de lo que la música debía ser y hacia dónde tenía que ir”, completaba en la introducción a ese libro de 2010.

    Es curioso que Reynolds destaque esa forma de hacer crítica de rock porque sus textos no son polémicos desde las palabras. No son manifiestos de fanzine. Sin embargo, tienen peso. Sus descripciones y análisis contienen halagos, críticas, deslumbramiento o indiferencia. “La escritura en sí misma no tiene por qué ser necesariamente salvaje y delirante ni echar espuma por la boca como un perro rabioso; puede ser precisa, controlada, incluso severa. Pero su efecto debe ser como la Verdad dándote un puñetazo en la boca”, argumentaba, a lo Roberto Arlt en Los Lanzallamas. Y agregaba que la escritura de rock debería ser “ferviente, encendida, ridículamente polarizada en sus juicios; arriesgarse hasta el absurdo por tomar las cosas tan en serio; debería embriagarse con su propio poder”.

    En 2013, Reynolds participó del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. En una de las charlas que brindó, dijo que la música y los textos de crítica que la abordan terminan formando una simbiosis a pesar de que no necesariamente apuntan a lo mismo. Como un golpe de rayo alcanza ese objetivo. Confirma que la buena crítica provoca algo más a partir del rock y es -citando a Octavio Paz y por eso mismo reynoldseándola toda- “el olmo que sí da peras”.



    Esta nota se publicó hace unos días en La Agenda con el nombre "Éramos tan proteicos". 

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    (Neto, de Misiones)

    De alguna manera, el Taragüi Rock aplica la táctica del Caballo de Troya musical que necesitan las escenas de las provincias. Esto es, poner algunas bandas de gran convocatoria encabezando la grilla para atraer al público y así meter en un escenario excelente a un montón de grupos regionales que tienen poca difusión.

    La quinta edición (12, 13 y 14 de septiembre de 2014) se realiza, como siempre, en el anfiteatro Mario del Tránsito Cocomarola, y resulta toda una señal por parte de la organización: el festival de rock de la región se hace en el escenario más importante de la provincia, donde en enero se hará el encuentro “mundial” de chamamé.

    En 2013 había sucedido algo curioso: lo más atractivo del festival había estado en las bandas regionales. En conocerlas y escucharlas. Muchas de ellas tenían más para decir que los grosos nacionales que cortaban tickets. En esta edición, la cosa viene más o menos parecida.

    El Taragüi Rock tuvo una etapa previa en la que 136 bandas de Corrientes, Chaco, Misiones, Formosa, Mendoza y Buenos Aires, se inscribieron para poder participar. Compitieron durante dos jornadas realizadas en el club Boca Unidos. Finalmente, la grilla quedó conformada por 26 grupos, entre músicos megafamosos, invitados de la región, Paraguay y Brasil, y los ganadores de esa doble competencia.

    Organizado por el Instituto de Cultura de la provincia de Corrientes, el festival busca hacer lugar a las bandas locales, que en muchos casos vienen tocando desde hace tiempo sin lograr demasiada difusión. Integrar musicalmente a la región es un propósito explícito. Lo dicen sus organizadores.

    El Cocomarola posee un escenario grande, con un sonido excelente y buena puesta. Con entradas accesibles (100 pesos los dos primeros días, 120 el domingo), los correntinos y chaqueños (Resistencia está a diez minutos en auto, apenas cruzando el puente) tienen un festival para destacar.

    El día uno arranca a las 17.30. Los encargados de abrir el festival son los Impuntuales, de Jardín América, Misiones. Se trata de un cuarteto de pibes jovencísimos que escucharon mucho a Andrés Ciro. Buenas voces, lindos temas, pero caminan hacia el más de lo mismo con ciertos tics piojosos y una armónica que resulta contraproducente para lo que hacen. Ante no mucho público (en todos los festivales, la mayoría suele llegar tarde) tocan estrictos treinta minutos y se despiden con “un tema que habla de Misiones”, también dedicado a Cerati. Allí cantan de tierra colorada, sangre guaraní, surubíes y el río Paraná.

    Simónimos, de Corrientes, es una grata sorpresa. Garage pop de guitarras, con look rockeramente cuidado. El grupo arranca a las 18.15. “Queríamos tocar a esta hora porque queríamos ver a cuántos les gusta el rock. Porque a los que les gusta vienen temprano”, agita su cantante desde el escenario, ante no más de 300 personas repartidas por todo el anfiteatro.

    Hasta acá, la organización del festival viene tan impecable que los correntinos de Hasta La Barba arrancan cinco minutos antes de lo que anuncia la grilla. La banda, con hinchada agita trapos, despliega su combo fiestero con cantante a lo Pastillas del Abuelo.

    La Gente, de Chaco, aparece después. Rocanrol con caños y nombre un poquitín demagogo, son un éxito para el público, que a esta altura ya ronda las dos mil personas. El cantante, que para el horror de la humanidad imita a Junior de La 25, tira un “huele a la chaqueta de Otto acá, eh”.

    Cuando ya está de noche aparecen los Neto, de Misiones, para meterle poder y calidad al escenario. Hip hop, salsa, funk, reggae. “Ven a bailar el ritual del litoral”, agitan sus dos cantantes. “Esto es Neto, de la Triple Frontera, papá”, dicen. La rompen.

    La Murga, de Corrientes, es la única banda regional que toca más de media hora. Son los mimados de la jornada. Festejan sus veinte años. Son de Goya, la segunda ciudad de la provincia, donde se hace la Fiesta Nacional del Surubí, dice el presentador. Musicalmente un poco estancados en los noventa, hacen un rock “divertido” (ska, reggae, letras loser irónicas). Hablan del “olor a río” y repuntan cuando se ponen menos fiesteros. “Si Argentina se queda sin rock, que venga para el Nordeste”, dice su cantante, parafraseando la famosa frase que habla de la ayuda correntina.

    Luego llegan los dos pesos pesados de la fecha: Guasones y Los Cafres. Tienen ganado al público desde el vamos. Cuando los platenses suben al escenario, el anfiteatro ya tiene cubiertas sus tres cuartas partes, más de diez mil personas. La noche es agradable. La gente canta las canciones, toman la cerveza que reparten los mozos (!) por todo el predio y aplauden a rabiar el breve homenaje a Cerati que emiten las pantallas antes del set de la banda de Guillermo Bonetto.

    El día dos comienza con los Norte Mestizo, de Corrientes. En la pantalla se ve una wiphala con un Cristobal Colón en el centro que muta en zombi. Mientras la banda hace su metal alternativo con buenos pasajes melódicos, los mozos están sentados, tomando tereré. No hay cien personas y suena tremendo.

    Puche Hae, de Corrientes, es un dúo que tras un comienzo fallido levanta vuelo. Recomienda escuchar el disco, Rock de quinta, “ahí no falla el pedal”.

    Transmisión es una gran sorpresa: un excelente trío correntino y elegante que remite a Invisible. “Aguante el NEA, hay que empezar a mirar un poco más acá. Gracias a los que vinieron temprano a hacer el aguante a las bandas locales”, dice su cantante, Marcelo Baiduk, desde el escenario.

    El apoyo a las bandas locales en Corrientes y, especialmente, la posibilidad de tocar en este tipo de escenarios, es fundamental por estos días en que los increíblemente fachos miembros de la agrupación (atenti al nombre) Unidos Por el Silencio vienen avanzando de manera brutal contra el under de la provincia. “El intendente Fabián Ríos se comprometió a no permitir la actuación de bandas de rock fuera del predio del ex Hipódromo”, dijo Jorge Echeverz, coordinador general de UPES, según informó el diario Época el 4 de enero de este año. En la nota, Echeverz agregó que el secretario de Ambiente, Félix Pacayut, les aseguró que aplicará “a rajatabla” el artículo 14 bis del Código de Nocturnidad local, que prohíbe la actuación de grupos musicales en domicilios particulares. “Pero lo que más satisfacción nos da y nos hace pensar que estamos ganando la batalla –continuó -, es que hoy podemos transitar por diversas zonas de la ciudad y ver reuniones y cumpleaños que se festejan sin música cuando antes parecía algo imposible. Eso demuestra que algo está cambiando para bien en Corrientes y nosotros somos parte de ello”.

    Junto con Transmisión, La Buena Violencia de la Mente (foto) es lo mejor de la segunda jornada del Taragüí Rock. También correntinos, poseen dos discos editados desde sus comienzos, en 2007. Rock de la mejor escuela argentina setentas: progresivo y psicodelia. Sorprenden y deberían sonar en todo el país.

    Cuando aparecen los metaleros correntinos Cráneo, el Cocomarola no tiene más de 300 personas. Las promotoras épicas del diario Época no entienden nada. Los punks que esperan a Attaque no quieren entrar aún al predio. Hacen campamento de escabio en las avenidas que rodean el anfiteatro.

    Disturbio, de Formosa, llega después. Bien puesta en la grilla, su rock por momentos “attaquero” encaja en la jornada. Néctar, de Posadas, suenan poderosos con su show a la RATM, aunque con un violero más Mollo que Morello. Son muy aplaudidos. La gente aprueba.

    Pez sube en silencio cerca de las diez de la noche. El trío recibe los aplausos de los escasos seguidores (unos 150) y la indiferencia del resto. Arrancan con “Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar”. “Acá es cuando deberíamos decir ¡Huuuoola Corrieeeenteeeees!, pero nosotros no somos así”, dice Ariel Minimal desde el escenario. Repasan temas de todas las épocas y presentan algunas de las canciones que forman parte del (por entonces) inédito disco, El Manto Eléctrico.

    (Ariel Minimal, de Pez)

    Sobre el cierre del día, los Attaque 77 mechan hitazos con éxitos para fanáticos y conforman a todos. Sobre el cierre, Mariano Martinez pide un gran pogo, pero no el más grande del mundo (“ése es del Indio”).

    El domingo, los plomos de Illya Kuryaki & The Valderramas gritan “Chanooooo, Chanoooooooo”. Repiten muchas veces el nombre del cantante de Tan Biónica. Es un mantra que sirve para chequear los micrófonos. En toda la zona sur de la ciudad retumba esta prueba de sonido que se realiza tarde, sobre la hora del comienzo de la tercera jornada. Son más de las cinco y las puertas ya deberían estar abiertas. En cambio, hay una gastada al ícono pop teen actual, nubes que amenazan con continuar con el chaparrón que demoró todo (la otra versión culpa a la consola biónica) y poco público esperando por ingresar.

    Durante las primeras horas del domingo, una fuerte tormenta cayó sobre la ciudad y a las cinco hay charcos sucios y todavía está nublado, como dice la canción de Manal. Pero este día no está hecho para blues melancos, sino para todo el funky futurista de IKV y la noche mágica de Chano. El piberío biónico hace la cola desde temprano y se prende a la valla apenas se abren las puertas del anfiteatro, a las siete de la tarde. Entonces, las fanáticas de Tan Biónca recibirán una dosis de rock paraguayo, brasilero, punk formoseño, rock progresivo psicodélico folclórico, hip hop, funk y soul antes de escuchar las canciones por las que pagaron la entrada.

    Los primeros del domingo son los chaqueños Otra Vuelta, reggae muy amable. Sigue el pop de los Vestida de Novia, nombre que hace alusión a la birra con envase escarchado. La única banda de chicas del festival aparece entonces: Yucca, cuarteto formoseño en plan Eruca. Luego llegan los excelentes Trem Imperial, de Brasil; otros formoseños, Funkosa (“funk del nuestro”) y los paraguayos con nombre chespiritésco Villagrán Bolaños.

    El rock aparece de la mano de los más folcóricos. Los excelentes Guauchos llegan a su región con la chapa del premio Gardel y una reciente gira española. Además, tienen a Hilda Lizarazu como invitada. Dejan el tereré al costado del escenario y la rompen con un set eléctrico que por momentos recuerda al Cerati de Ahí Vamos. Llévame a un lugar con parlantes y que nos vuele la sonoridad por el aire. La intensidad es tanta que a Federico Baldus, antes conocido como el tímido del grupo formoseño, le agarra un ataque de Charly García y de Tete Iglesias y se pone a correr por todo el escenario, saltando por encima del baterista Juan Manuel Ramírez, que nunca lo ve pasar y se va a enterar después, cuando se lo cuenten.

    Para empezar a cerrar el festival, ante un anfiteatro casi repleto, los Illya Kuryaki brindan un show de clásicos imbatibles y las canciones nuevas que más se destacan. La combinación de IKV más el gran sonido del Cocomarola resulta uno de los mejores sets del Taragüí.

    Tras casi una hora de espera, Tan Biónica aparece en el escenario, tapando los alaridos de las chicas con los alaridos de Chano Moreno Charpentier. Las canciones del grupo se extienden hasta la madrugada del lunes laboral. Otra vez es un éxito.

    Crónica sobre el festival Taragüi Rock 2014 publicada en la revista Rock Salta número 21, de febrero de 2015. Todas las fotos son de Marcelo Silvero (Facebook Taragüi Rock).

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